martes, 27 de junio de 2017

Mario Trejo








De puño y letra

 
Me doy por vencido.
La religión la mafia
la política y el fútbol
el ejército y la moda
mueven más gente que yo.
Son millones o pocos
pero totalmente decididos
al todo por el todo.
Yo sólo tengo que ver
con las pequeñas multitudes
de un cine de trasnoche
con la soledad de los jugadores
que ofician una partida de ajedrez
con la tibieza de algunos mujeres.
Leo
vuelvo a ver una vieja película
hago noche en Coltrane
y estiro el brazo y acaricio a mi bella
que fuma y ahora me convida.

a Michelle y Gato Barbieri


Mario Trejo

sábado, 18 de febrero de 2017

Espacio - Juan C. Abril


 
LeoFDK/16




Espacio

Llegas de cualquier sitio
y, elegido al azar,
sin mapas, sin señales,
el otro lado esconde la sorpresa
feliz y azul.
Entonces permanece la ruptura
intacta. Entonces fuera o dentro impide
su difusión.
El viaje trae un orden en cadena,
un movimiento ansioso que repite
su dispersa memoria:
ya nadie nos indica que el error
desconocido o su secreto
sirva robado y oprimido,
tiempo arenoso que se va.

Todo va a ser abandonado.


Juan Carlos Abril (España)

de "El laberinto azul", 2001


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viernes, 9 de diciembre de 2016

Enésima








Enésima


 

Esa tarde calurosa casi de la nada me dijo: Dios no existe!

Y sin dudar arremetió diciendo: Esto, lisa y llanamente se acabó!

Llegué a un punto que me quedé sin esperanzas y sin fuerza para apostar a un amor que vive en un castillo de naipes, coincidirás conmigo que estamos en una letanía donde el fuego de la pasión se fue al exilio hace mucho tiempo.
Me voy! Terminó diciendo sin más despedida.

Cerró la puerta y se subió al coche de su marido a vivir su enésima navidad en familia.


#MiNavidadDeCuento

 

domingo, 9 de octubre de 2016

belleza


LeoFDK 16



No creo tanto en “la belleza” en abstracto, sino en “tu” belleza singular: palpable, distinguible, recíprocamente disfrutable.



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lunes, 12 de septiembre de 2016

“Teoría del viaje”, de Michel Onfray





Una declaración de guerra a nuestra tendencia a cuadricular y cronometrar nuestra existencia...


Michel Onfray convierte el viajar, uno de los sencillos placeres de la vida, en un estimulante tema de reflexión. Además de ser una invitación a soltar amarras, este libro tiene el poder de prolongar la emoción y el sabor del viaje a través de la filosofía y la literatura, de la historia y la mitología.

Deseo de partir, preparativos sumidos en lecturas, elección del medio, entusiasmo y sorpresa a la llegada, despertar de los cinco sentidos durante la estancia, toma de notas y fotografías, regreso a casa, elaboración del recuerdo…, todas las etapas cobran en este libro una dimensión filosófica. Teoría del viaje es una declaración de guerra a nuestra tendencia a cuadricular y cronometrar nuestra existencia, y una brillante hoja de ruta para quienes quieran sentirse viajeros y no turistas.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Aumentar el deseo

El viaje empieza en una biblioteca. O en una librería. De manera misteriosa, prosigue allí, con la claridad de esas razones que ya antes se esconden en el cuerpo. Al comienzo del nomadismo, por tanto, nos encontramos con el sedentarismo de las estanterías y de las salas de lectura, incluso el del domicilio en el que se acumulan las obras, los atlas, las novelas, los poemas y todos los libros que, de cerca o de lejos, contribuyen a la formulación, a la realización, a la concretización de la elección de un destino. Todos los rincones de una buena biblioteca conducen al sitio adecuado: el deseo de ver un animal extravagante, el de dar con una planta casi inencontrable, las ganas de divisar una mariposa rara, la aspiración a una veta geológica en una cantera, la voluntad de marchar bajo un cielo antaño frecuentado por un poeta, todo conduce al punto del globo del que llevamos ciegamente el signo.

El papel instruye las emociones, activa las sensaciones y ensancha la cercana posibilidad de percepciones ya preparadas. El cuerpo se inicia en las experiencias venideras frente a informaciones generalizadas. Toda documentación alimenta la iconografía de cada cual. La riqueza de un viaje necesita, con anterioridad, la densidad de una preparación —como se dispone uno a las experiencias espirituales invitando a su alma a la apertura, a la recepción de una verdad capaz de infundir—. La lectura actúa como rito iniciático, revela una mística pagana. El aumento del deseo desemboca luego en un placer refinado, elegante y singular. La existencia de un erotismo del viaje supone la superación de una necesidad natural a fin de suscitar la ocasión de un júbilo artificial y cultural. Llegar a un lugar del que se ignora todo condena a la indigencia existencial. En el viaje, descubrimos solamente aquello de lo que somos portadores. El vacío del viajero fabrica la vacuidad del viaje; su riqueza produce su excelencia.

Por lo tanto, los libros y, en primer lugar, el atlas: biblia del nómada necesariamente alimentado de geografía, de geología, de climatología, de hidrología, de topografía, de orografía. Sobre un mapa se efectúa nuestro primer viaje, el más mágico, ciertamente, el más misterioso, seguramente. Pues evolucionamos en una poética generalizada de nombres, de trazos, de volúmenes dibujados, de colores. Las convenciones explican el marrón de las cumbres, de las cadenas montañosas que ciñen y marcan los continentes: aquí, las Rocosas y la cordillera de los Andes que cortan verticalmente el continente americano, allá, esa línea sinusoidal que atraviesa Europa de oeste a este: Alpes, Cárpatos, Cáucaso y cadena del Himalaya; intensifican el azul de los abismos marinos, de los fondos profundos y oscuros: manchas en el océano Pacífico en medio de las cuales pululan las Espóradas Ecuatoriales, los archipiélagos filipinos, melanesios y polinesios, dorsales, fosas, cuencas y fracturas que rasgan o excavan el fondo de los océanos; en otro sitio, los vasos, venas, arterias y capilares de los ríos que recorre una sangre uniformemente azul: largo chorro longilíneo del flujo de las desembocaduras y los temblores de los manantiales, cursos eléctricos y serpentinos de los orígenes: el Amazonas, el Misisipi, el San Lorenzo, el Níger, el Nilo, el Ganges, el río Amarillo como una coronaria, una carótida, una aorta, una yugular desollada grabadas en una plancha de Vesalio.

Luego, al pasar la página, lejos del planeta contado según los accidentes naturales, un mapa político presenta el mismo mundo, pero esta vez con relación a los trazados culturales queridos por los hombres. Allí donde la geomorfología y la geología obedecen a los caprichos de las fuerzas telúricas, los planisferios cortados por el patrón de los actores de la historia fragmentan lo real en elementos de un puzle cuya disposición supone largas guerras, interminables conflictos. Las fronteras se riegan de sangre, se mueven, se modifican: Europa central, después del comunismo, obedece a otros trazados, ha conocido particiones, parcelaciones, estallidos. Nuevos países, fin de antiguas fórmulas. Antaño Austria-Hungría, hasta hace poco Yugoslavia, Checoslovaquia, hoy desaparecidas bajo el peso de nuevas voluntades políticas: Chequia, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia- Herzegovina. Aniquilación del imperio soviético: los desvaríos humanos no cuentan para nada. De cara a la eternidad, la geografía triunfa, la historia se reduce a la espuma.

Además de los mapas físicos, marítimos y políticos, los atlas proponen también el trazado de las comunicaciones y de los husos horarios: después de la geología, la geografía, la historia y la política, la economía. Pues las líneas marítimas, los enlaces aéreos, las distancias en millas, las cifras a añadir para obtener las horas locales, las carreteras, los caminos, las vías férreas, los aeropuertos corresponden a los intercambios: flujos de hombres y mujeres, circulación de personas, idas y venidas de mercancías, transferencias de inteligencia, movilidades familiarizadas con las vías trazadas en los aires, sobre la tierra y por mar a fin de llevar a los ingenieros, a los comerciantes, a los banqueros, a los industriales, a los hombres de negocios al lugar de sus fechorías. Entre ellos, la inocente clase de los turistas en busca del sol, el esparcimiento y el gasto suntuario de sus ahorros anuales.

Rutas de navegación, por tanto: Port Louis- Bombay, para comprender a la población mauriciana, Nueva York-Río de Janeiro, para entender los vínculos entre las dos Américas, Londres-Arcángel, con el propósito de descubrir la relación entre la Europa comercial del mar del Norte y el acceso al mercado ruso entrando por el mar Blanco. Líneas aéreas, en ramilletes que producen el efecto de paraguas o sombrillas sobre el mundo: todas las grandes ciudades conectadas, en contacto, en relación, formando redes. Y luego, ferrocarriles, con trenes interminables: el Transiberiano, por supuesto, pero también Quebec-Vancouver, la travesía de este a oeste de Canadá, El Cairo-Jartum, rozando el descenso del Nilo, Bombay-Benarés, y otros destinos míticos. Por doquier motores y hombres conducidos, desplazados, transportados en migraciones perpetuamente reiteradas. Idas y vueltas, idas sin retornos. Un zumbido recorre toda la superficie del planeta con esos intercambios de individuos y de objetos, de informaciones y de proyectos.

El mundo no es lo que parece, ya que el centro de gravedad de las proyecciones nos engaña con ficciones. Un mapa enuncia la idea que tenemos del mundo, no su realidad. Cuando los primeros cartógrafos proponen sus dibujos, traicionan una teología, una concepción de la relación entre lo divino y lo humano, lo celeste y lo terrestre, reconocen la labor que ha hecho en ellos la época metafísica. Su mundo coincide con el mundo, y el mundo conocido con el único existente. Fuera de eso, nada: agua, y después el vacío. Todos los mapas sitúan como epicentro el corazón de su representación intelectual. En la mayoría de los casos, uno mismo, la imagen y el reflejo de uno mismo. La visión soviética del mundo, por supuesto, rechazaba la de los americanos. La de los chinos de hoy ignora totalmente la nuestra, ofrecida por la proyección de Mercator, que instala a Europa en pleno centro de las tierras representables.

Para organizar esa realidad diversa, los geógrafos recurren a la geodesia. Matematizan lo real, lo geometrizan y lo encierran en husos, latitudes y longitudes. Escriben los trópicos, un ecuador, dos círculos polares, uno ártico, otro antártico, trazan un meridiano que atraviesa Greenwich en su centro y se amarra a los polos. El conjunto da lugar a una cuadrícula y a una localización posible por grados. No se puede proceder mejor para obtener un género de panóptica y dominar la diversidad a fin de producir una unidad legible y codificable. La fantasía del viajero circula por ese mundo de trazos y de líneas, de cifras y de nombres. Se alimenta de él en las primeras horas del deseo nómada.

Es verdad que el atlas dice lo esencial, pero no todo. A su postura conceptual le falta la carne aportada por la literatura y la poesía. Pues el poeta más que ningún otro instala su cuerpo subjetivo en medio del lugar frecuentado por su conciencia y su sensibilidad. Todas sus emociones, sus sensaciones, sus percepciones, todas sus historias singulares maduran en su alma fantasiosa y desembocan un día en un texto corto que ofrece la quintaesencia de las sinestesias caprichosas: oler colores, saborear perfumes, tocar sonidos, oír temperaturas, ver ruidos.

Practicar estos ejercicios confirma que viajar supone el desajuste de todos los sentidos, y luego su reactivación y su recapitulación en el verbo. Escribir un poema, desde un puente frente al agua destellante de un estuario desmesurado, junto a la ventanilla de un avión que sobrevuela Transilvania, en un café africano perdido en medio de miles de hectáreas sin un alma viviente alrededor, emborronar el arrugado papel en el vestíbulo de un aeropuerto, en la habitación de un hotel egipcio en el que la ventilación abate el aire sobre la desnudez de un cuerpo cansado es pedirles a las palabras el poder alquimista de los atanores: verter en el hueco de su experiencia algo con lo que llevar a los metales a la incandescencia y obtener oro de un puñado de imágenes que permanecen.

Leer un poema permite acceder al imaginario de una subjetividad infundida por el lugar. De ahí las colisiones intelectuales, los atajos espirituales y mentales, los cohetes afectivos que buscan el alma, incitan y extasían los sentidos. El poeta transforma la multiplicidad de sensaciones en un depósito reducido de imágenes incandescentes destinadas a ampliar nuestras propias percepciones. Todos los viajeros cuentan sus peregrinaciones en cartas, cuadernos, relatos. Solo unos pocos quintaesencian sus desplazamientos en un poemario. La China de Claudel, el Tíbet de Segalen, las Antillas de Saint-John Perse, el Ecuador de Michaux, el México de Artaud, la Europa de Rilke, incluso la poesía de los videntes que viven y frecuentan sus ciudades como visionarios, Apollinaire en París, Pessoa en Lisboa o Borges en Buenos Aires…

Después del Atlas y del Poema, esas dos formas a posteriori de la sensibilidad, la Prosa toma el relevo. Expresa de otro modo, de manera menor, más diluida, lo que el poeta transfigura en resplandores. Los relatos de viajes rebosan detalles. A veces consignan día tras día el transcurso de una triste agenda. Allí donde el mapa y los versos conceptualizan absolutamente, practican la abstracción de la quintaesencia, la prosa ofrece un ritmo más lento, más largo. Se toma su tiempo. Como la correspondencia. Se da cuenta de un paisaje, una comida, un encuentro, un monumento, una emoción, una fatiga, se señala un trayecto, se detalla un itinerario, se recogen anécdotas, peripecias. La materia parece más abundante que en un soneto o en versos libres, pero, indiscutiblemente, se revela menos rica.

Nos quedan las obras que proporcionan una abundancia de informaciones prácticas. Las Utilidades, las Guías. También hacen soñar, pero con otros recursos, otros auxilios. Direcciones, puntos de referencia, indicaciones técnicas para telefonear, franquear correo, vestirse, hacer una maleta, comer, alojarse; detalles sobre las especialidades culinarias, los vinos, las bebidas, las horas de las comidas, las costumbres sociales, los cambios de moneda, el uso de taxis; síntesis históricas, invitaciones a visitar un museo, a fijarse en una obra en una sala, fechas fundacionales; notas sobre la fauna, la flora, el clima; extractos literarios clásicos, los imprescindibles del fragmento escogido para el viaje; resúmenes de la civilización, planos generales y otros detallados, nombres de calles, mapas, planos. Un breviario para una vida cotidiana de lo menudo, lo ínfimo. Libros menos para leer que para hojear, para recorrer, para tomar y retomar, para consultar.

En efecto, la Guía, la Prosa, el Poema, el Atlas ofrecen la ocasión de lo que Plotino llamaba una dialéctica descendente: detalles, recuerdos, ideas, concepto, todo contribuye a la solicitud del deseo: lo descubrimos, lo entretenemos, lo alimentamos, y luego disfrutamos de él, nos construye tanto como lo construimos.
De una manera al fin y al cabo platónica invocamos la idea de un lugar, el concepto de un viaje, y luego nos vamos a verificar la existencia real y factual del lugar ambicionado, entrevisto por los iconos, las imágenes y las palabras. Soñar un lugar, en ese estado de ánimo, permite menos encontrarlo que reencontrarlo. Todo viaje vela y desvela una reminiscencia.


lunes, 20 de junio de 2016

Me gustaría







Me gustaría escribir todas las imágenes

y conquistar la novela eterna

tan sólo para que vuelva una sonrisa.











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miércoles, 25 de mayo de 2016

Algún día








Algún día te bajarás del caballo y verás que el mundo es más ancho, alto y largo...




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sábado, 5 de marzo de 2016

Pienso


LeoFDK 09


Pienso que en este momento
tal vez nadie en el universo piensa en mí,
que sólo yo me pienso,
y si ahora muriese,
nadie, ni yo, me pensaría.
Y aquí empieza el abismo,
como cuando me duermo.
Soy mi propio sostén y me lo quito.
Contribuyo a tapizar de ausencia todo.
Tal vez sea por esto
que pensar en un hombre
se parece a salvarlo.

Roberto Juarroz

sábado, 20 de febrero de 2016

Llevo un reja

LeoFDK 16


Poema para quedar inmune


Llevo una reja en mis dedos
una prisión de viento que te habla
tócame y seré libre
llevo dos ojos que se abren
grandes en la noche
y un abismo que separa
a mi cuerpo
de otro cuerpo

Cuatro millones de años
me encerraron
cuenco aire en un costado
y me devuelve al suelo
incluso la libertad aterra
en el último instante

No me reconozco
en una madrugada de traidores
en una hoja oxidada
por el olor de mis muertos
ni en la fría corteza
de los árboles que esperan
será que ya me acostumbré
a que me entierren en los ojos
una amarga tarde
y dos agujeros de cielo

¿Qué más puede herirme?



Francisco Ruiz Udiel (1977-2010) –Nicaragua-


lunes, 25 de enero de 2016

la fruta aún desconoce




Naturaleza


La fruta aún desconoce
su nombre. Sabe entre otras cosas
que es media tarde.
Que
alguien la mira posada en la frutera
y que una gota que cae,
lenta la abre con luz por la mitad.



José Villa



José Villa. Nació en Martín Coronado (Pcia. de Buenos Aires) en el año 1966. Es  poeta, editor, crítico literario y ensayista nacido  Estudió letras en la UBA. Dirigió la revista 18 whiskys, integró la editorial Del Diego y forma parte del consejo de redacción de la revista virtual Atmósfera. Escribió: Cornucopia (1996), 8 poemas (1998), Poemas largos (2005), Es un campo (2006) y Camino de vacas -obra reunida- (2007).

lunes, 18 de enero de 2016

un tenor de Bragado



 

Florencio Constantino Un tenor en Bragado

Fue un personaje extraño. De la miseria, pasó a brillar en las mejores compañías de ópera del mundo. Llegó a desafiar al gran Caruso. Y, en 1911, construyó un teatro con todos los lujos en la ciudad bonaerense que lo albergó. Hoy, un libro narra su vida de novela

Por él, seguramente no se pelearán los expertos en buscar actas de nacimientos para conseguir un héroe-cantante patrio. A diferencia de lo que ocurre con Carlos Gardel, los documentos de este caso son insospechables: el tenor Florencio Constantino nació en Ortuella, España, hace 130 años, el 9 de abril de 1868. Y no quedan dudas. Pero es menos improbable que no surjan voces pícaras alegando que ese señor, inmigrante como muchos y trillador de los suelos bonaerenses de Bragado, caminó los primeros pasos de su fama de gran cantante en nuestro país.

Lo cierto es que ese hombre tenaz, poco instruido, minero de niño, mecánico de ferrocarriles más tarde, trillador durante un tiempo y obsesionado en el arte de su voz sobre todo, alcanzó su propia meta: saltar de la parva de maíz a los escenarios del mundo como un tenor de renombre internacional. Un nombre que, es cierto también, intentó retener más allá de lo que los límites de su propia razón le dejaron y de lo que el público, fervoroso primero y olvidadizo después, le permitieron.

Es que en los surcos de su campo, la paja y el trigo se mezclan. Allí se entrelaza la historia de aquel que alcanzó la cúspide del bel canto en Europa y las tres Américas con la del ególatra polémico que terminó detrás de bambalinas, cantándole óperas a las paredes del sanatorio Lavista, en México, convencido de que aún lo aplaudía un público frenético. Y en el medio de ambos crece el centenar de anécdotas y cruzadas épicas que lo convierten en un personaje difícil de catalogar. 
Allá por 1876, parecía improbable que ese niño que se hundía en las minas de Somorrostro, en Bilbao, fuera a disputarle el trono al italiano Caruso, 30 años después, en la competitiva plaza neoyorquina. Y difícil imaginar que esas manos engrasadas del adolescente que arreglaba locomotoras lucirían las glorias de su éxito transformadas en anillos opulentos. Ni que ese inmigrante trillador -"mosca blanca entre la peonada", como lo describían los diarios de la época-, incondicional seguidor de Leandro Alem y de la Unión Cívica Radical, sería el elegido para inaugurar el Teatro de Opera de Boston y para grabar más de 200 discos.
En su corta vida, Constantino anduvo por todos los caminos. Los de la gloria y los del fracaso, la riqueza y la pobreza, la vanidad y la humildad; los multitudinarios y los más tristes y desolados que lo condujeron a su fin, a los 51 años.

Gato por violín
Suele ocurrir. En las miradas hacia atrás, los personajes reconocidos encuentran siempre el germen de su futuro prometedor. "De chico ya actuaba en los colegios", "En mi infancia ya me gustaba escribir" y cosas por el estilo, que parecen confirmar que la gloria asoma desde los primeros tallos.
Constantino fue también un niño prodigio, por supuesto. El mismo, ya famoso, lo recordó años más tarde ante el diario chileno La Mañana: "Pequeñuelo, mis aficiones por la música y el canto eran mi mayor entretenimiento. Formaba orquestas con instrumentos raros (...) Recuerdo que tomé un gato y en una tabla preparada de antemano le metí las cuatro patas bien amarradas y después, con un palo bien delgado, a modo de arco, lo pasaba por el lomo del animal, que al verse aprisionado de ese modo y sintiendo ese roce sobre sus carnes, lanzaba unos maullidos agudos, prolongados y lastimeros, los que me servían a mí para improvisar unos cantos a ese compás..." La anécdota es relatada por Julio Goyen Aguado, en una prolija biografía del cantante de reciente publicación.
Quizá la semilla ya estaba plantada. Pero más allá de lo anecdótico, su infancia estuvo lejos de los paraísos musicales. La crisis económica, la falta de instrucción escolar, el alzamiento carlista y su temprana incursión en las minas y en las locomotoras, terminaron por animarlo a dejar su suelo vasco.

Así, a los 21 años y junto a su novia Luisa, decidió desertar de la armada española para buscar otros horizontes en la por entonces prometedora Argentina. Primero tentó a la suerte con sus dotes para la mecánica. Pero en poco tiempo alcanzó otro destino: un campo de Bragado a su disposición, crédito mediante, para sembrar maíz.
Y fue justamente allí donde los surcos se cruzaron: su activa participación en la revolución radical que estalló en la provincia de Buenos Aires, en 1893, lo unió a quienes descubrirían sus dotes para el canto.
Primero, el escritor y periodista Francisco Grandmontagne Otaegui, su amigo casi hasta el final; luego, el arzobispo de Buenos Aires monseñor Aneiros, y finalmente, el maestro italiano Paolantonio y el violinista José María Palazuelos.
De una manera u otra, los cuatro lo convencieron, a los 23 años, de que tenía un tesoro en la garganta que más valía la pena desenterrar.
Pero tuvo que pagar el precio de semejante tarea: "Creyendo que era tenor, he gastado en cuatro días el valor de una trilladora y de una casa que tenía en Bragado", se lamentó Constantino ante Grandmontagne, ya en Buenos Aires. Y el periodista, asombrado, lo apañó: "El que gasta en cuatro días una trilladora y una casa es capaz de aprender a cantar y de otras muchas cosas. Cuente usted conmigo, que es lo mismo que contar con la miseria".

El oro y el barro
Grandmontagne le mostró los teatros por dentro, le explicó el espíritu del Fausto que acababan de presenciar y le enseñó el epílogo de Mefistófeles. Y, con más descaro que dinero, Constantino comenzó a mezclarse en el ambiente teatral (llegó a conseguirse una piel de nutria para codearse en los camarinos con los tenores ya famosos) hasta debutar, el 23 de junio de 1895, en el Club Español de Buenos Aires. Y hasta se inventó una compañía de ópera inexistente para obtener un subsidio de la provincia de Buenos Aires y trepar al escenario del teatro Argentino de La Plata.
Pero su suerte cambió. Un empresario tabacalero, Manuel Méndez de Andés, lo señaló como su protegido y decidió embarcarse en la formación del astro descubierto. Al menos, durante el tiempo en que supieron llevarse bien. Algo que, definitivamente, no duró mucho. Ni con Méndez de Andés ni con los que ocuparon el lugar de sus protectores en toda su corta carrera.
Fue así como el humilde trillador terminó zarpando nuevamente, esta vez hacia Milán.
El primer año, en 1896, se las ingenió para repartir los 250 francos asignados por su protector entre sus clases de 150 francos y las necesidades de su familia (mujer y cuatro hijos). Pero el segundo año, Méndez de Andés abandonó a su alumno, y Constantino tuvo que enviar a su familia a Bilbao y mantenerse dando lecciones de español.
También tuvo que apelar a esa viveza del sobreviviente que lo ayudó en sus primeros pasos: "Muchos eran los maestros a los que engañaba para que me enseñaran una ópera gratis, pues les decía que tenía un contrato en perspectiva, pero que sin saber esa ópera no podía aceptarlo. Así logré engañar a muchos maestros y aprender un gran número de óperas, no llegando nunca a los soñados contratos", contó él mismo.

El descenso

Su suerte volvió a torcer de rumbo: desde 1898, cuando consiguió finalmente un contrato por seis meses para presentarse en Holanda, hasta 1912, cuando las luces comenzaron a atenuarse, Constantino logró iluminar su propia gloria e inscribirse en la historia de las voces de la ópera.
En esos años, trajinó los máximos escenarios de Italia, Lisboa, Rusia, Polonia, Madrid; volvió a Buenos Aires para presentarse en el ya inaugurado Teatro Colón y regresó a su Bilbao natal, con fama, con un nombre que ya figuraba en varios diarios y marquesinas y con talento probado. A esa altura poco quedaba ya de aquel humilde trillador. Como muestra, un botón: seguro en su batalla, Constatino llegó a desafiar a Caruso en un duelo de voces que, para orgullo del español, jamás tuvo respuesta y dio por ganado.
Quién sabe si fue ascenso a los cielos de la gloria -que pronto lo llevó a encabezar la compañía de Opera San Carlo y a recorrer con éxito y durante seis temporadas los principales teatros líricos de Estados Unidos, incluido el Metropolitan de Nueva York- lo que terminó por dejarlo en las orillas del delirio.

Lo cierto es que hasta él mismo intuyó esos límites. Y aunque alguna vez le transmitió a otro amigo, Miguel de Unamuno, su intención de dejar los escenarios, la fama y los aplausos, ya casi sordos, pesaron más.
Hubo avisos. El primero, durante una gira por Cuba con su propia compañía (la Constatino Grand Opera Company).
Mientras interpretaba El Barbero de Sevilla, Constatino movió con tan mala suerte la espada que terminó provocando un derrame cerebral en uno de sus compañeros de escenario. El hecho terminó en un juicio por 50.000 dólares.

El segundo: una serie de contratiempos amorosos y judiciales que, en aquellos tiempos pre-sexgate, enturbiaron su panorama. A tal punto que, ya sin dinero, terminó encerrado en una cárcel (y sólo pudo salir gracias a la fianza que pagaron sus amigos).
El tercero y final: de vuelta en México, la voz de Constantino se quebró ante un público ansioso por verlo recuperado. Con lágrimas en los ojos, el tenor se disculpó y emprendió la retirada. A su pesar. 
"¡Qué voy a perder la voz! ¿No me oyen?", se enojaba en su casa mientras intentaba recuperar su "Salut demeure" del Fausto. "Que no me interrumpan, voy a ensayar", se enceguecía entre las paredes del instituto frenopático Lavista, en México, adonde fue trasladado tras sus accesos de locura. "All right!... All right!... Very well!...", gritaba entre los pasillos, vestido con un gabán de tiempos mejores. Ya no quedaba mucho tiempo. Ni siquiera mucho recuerdo. Constantino murió el 16 de noviembre de 1919, solo, triste y un poco olvidado. Pero con la certeza, más allá de su delirio, de que había cumplido con aquel sueño de desenterrar el tesoro que llevaba en su garganta.

El teatro de Bragado

Pero antes del final, en 1911, convencido por un grupo de bragadenses, Constantino decidió construir un teatro en la tierra que lo descubrió. "En el Bragado, tierra de mis luchas primeras, planté mis tiendas de artista, edificando un teatro para que los que amigos fueron de mi desgracia, lo sean también de mi ventura", dijo alguna vez, según lo cita su biógrafo.
Su emprendimiento tuvo sus peripecias antes de convertirse en el complejo cultural que hoy lleva su nombre.

Primero, Constantino compró el predio del Club Social de Bragado y mandó a hacer los planos a un arquitecto español. Ya en Nueva York, donde fue a cumplir con alguna de las tantas giras de esos años, el tenor compró butacas, sillas, tapicería para los palcos y hasta el gran telón para el escenario que se utilizaría por primera vez el 25 de noviembre de 1912, día del estreno oficial.
Aquel día, según los documentos de la época, más de 2100 personas de Bragado y localidades vecinas asistieron a la presentación de Constantino.
Pero el esplendor, que hizo que allí se reunieran importantes compañías teatrales y de zarzuelas no duró mucho. Ya en 1913, el teatro Constantino comenzó a languidecer. Según Goyen Aguado, "los compradores de palcos dejaron de hacerse cargo de sus obligaciones y el teatro fue hipotecado".

Para 1916, el edificio fue rematado y la pared que daba al escenario se agrietó. En 1929, un fuerte viento huracanado provocó la caída del escenario y, en 1979, parte del frente se desplomó pesadamente sobre la vereda.
Vencidos, los lugareños decidieron demolerlo. Pero una comisión de vecinos memoriosos se interpuso y, junto a la Municipalidad de Bragado, se hizo cargo de la compra del teatro para transformarlo en el complejo cultural que hoy lleva el nombre del tenor que dio en la ciudad bonaerense sus primeros pasos de gran cantante.


Texto: Verónica Bonacchi


Fuente: La Nación